Convirtiendo familias campesinas

en empresarios del Agro

El Nudo de Paramillo huele a cacao

Al menos 1.300 familias de la zona rural de Antioquia cambiaron los cultivos de coca por el de cacao. Desde octubre de 2015 están exportando y ganándole la partida a la violencia.

 

Ese día, mientras estaba sentado en un tronco y los cuerpos de soldados y miembros de la Fiscalía lo rodeaban como jueces en un tribunal, decidió que no iba a ganarse más la vida sembrando coca.

Lo cuenta entre risas, como si se tratara de una anécdota juvenil, pero enseguida se pone serio y admite que jamás tuvo tanto miedo. Miedo de ir a parar a una cárcel, miedo de perder a su esposa Isabel, de perder su finca, su familia, sus gallinas, sus dos gatos y ese cerdo con una mancha negra en el lomo que lo persigue por el monte igual que un perro.

Se llama Pablo y parece un abuelo de película. Con una sonrisa fácil que, aunque no tiene la línea de arriba de los dientes, se antoja cálida y honesta, parece difícil que hasta hace pocos años se dedicara a sembrar y cultivar coca en esa zona rural de Antioquia.

Debajo de las cejas espesas, salpicadas de gruesas canas como cables, tiene unos ojos oscuros que parecen brillar cuando recuerda que ese día le dijeron que no solo se iba preso sino había que quemar ese cultivo de coca porque tenía medio galón de gasolina junto a las matas. Lo acusaron de posesión de elementos para elaborar drogas y de procesamiento ilegal de sustancias ilícitas.

Pablo tiene 70 años y el cuerpo de un boxeador, con brazos musculosos y abdomen plano. Unas manos con las que parece que podría abrir cocos y piernas gruesas y fuertes como troncos.

Carga un machete de empuñadura naranja en el cinto y cuando se carcajea lo hace tan fuerte que espanta a Baby, el gato gris que lo mira desde un muro. Cuando cuenta cómo iba a ser procesado por narcotráfico en una de las zonas de Colombia en las que más hubo producción de drogas ilícitas en las pasadas décadas parece asombrado, dice que parece imposible que en medio de tanto delito las autoridades hayan decidido perseguirlo a él.

“Yo no soy ningún ‘narco’ como me dijeron ese día, soy un campesino que solo entiende de tierra y que sembraba coca porque qué más hace uno acá. Acá no había otra alternativa sino hacer lo que todos los demás”, dice mientras muestra las manos enormes, callosas y sucias de barro con las que ahora trabaja la tierra, pero para sembrar cacao. Ya no más coca. Nunca más coca.

“Estas no son las manos de un ‘narco’, son las manos de alguien que solo sabe sembrar pero lo único que se podía sembrar era coca, era la única manera de ganarse la vida”, agrega y vuelve a trabajar con el machete limpiando la maleza de la finca Los Trozos, donde hoy tiene sembradas varias hectáreas de cacao justo en la zona boscosa del terreno.

Justo al lado del letrero con el nombre de la finca hay otro, en el que se lee: “aquí se cultiva oportunidades, progreso y futuro”, todo escrito a mano, en mayúsculas, con pintura roja.

Parece verdad que del suelo sale esperanza. Pablo abre con su machete uno de los frutos de cacao que cultiva en Los Trozos y saborea una de las pepas. Sonríe y le ofrece una a Laura.

Laura también tuvo problemas con las autoridades por causa de la coca. A los 11 años una patrulla de la Policía la detuvo cuando iba en una moto por las carreteras que atraviesan el Nudo de Paramillo entre los departamentos de Antioquia y Córdoba.

En un morral, igual al que llevaba al colegio, cargaba nueve kilos de base de coca que iba a entregarle a un grupo de paramilitares que los habían comprado para procesar drogas. Su edad la salvó del peligro, pero esa fue una campanada de alerta que no dejó de escuchar.

Ahora Pablo y Laura ríen, con esos años de cocaleros en la espalda. Ambos dicen que de esa época en la que la ilegalidad era la única forma de vida posible para ellos no queda nada ya.

Hoy viven justamente de lo contrario. Los dos hacen parte del grupo de campesinos que voluntariamente decidieron cerrar las puertas a la coca y buscar un nuevo camino. Ese nuevo camino fue el cacao, una planta ideal para ese terreno antioqueño que ha significado una vida nueva para 1.300 familias de la región.

Sectores como La Caucana, Tarazá, Cáceres y Caucasia son apenas algunos en los que los habitantes decidieron pelear contra las bombas, las minas antipersona y los fusiles pero con palas, azadones, machetes y las manos. Y hasta ahora van ganando.

No solamente lograron sacudirse la coca de encima, sino que pudieron reemplazar la espina dorsal de su economía con otra planta, una que luego de procesada no quita vidas. Pablo y Laura viven de sembrar cacao en el que fue, tal vez, uno de los sitios más violentos del país.

En los años anteriores, en esos municipios y veredas antioqueñas, se escribió una historia de tragedia que bien puede resumir a Colombia: la presencia de varios grupos armados, la falta de infraestructura vial, la poca presencia estatal hicieron de esos puntos del Nudo de Paramillo una especie de tierra de nadie en la que los niños crecían y morían en la oscuridad de la ilegalidad.

Cada uno de estos municipios y veredas sufrieron entonces la doble condición de ser paraísos prohibidos en los que se cosechaba tanto la alegría como el pecado. Rodeados de micos cariblancos, titís, osos y aves, los habitantes de estas zonas compartían sus tierras también con guerrilla, bandas criminales y delincuencia común.

Y es que mientras el clima y los paisajes lo hacen una especie de pequeño edén bendecido por la variada geografía, la maldición viene por ese mismo camino: el Nudo de Paramillo permite conectar al noroccidente del país con el centro, además de ser atravesado por el río Cauca. Esta ubicación estratégica sumada a décadas de abandono estatal convirtió a la zona en un caldo de cultivo para grupos armados ilegales.

Farc, EPL, paramilitares, Urabeños y Rastrojos fueron reyes y señores, dedicados a la explotación de cultivos ilícitos, reclutamiento de menores y la extorsión, dejando sin mayores opciones a los habitantes, quienes encontraron en la coca la respuesta a sus necesidades.

Fermín, un paisa delgado, que habla rápido y siempre mira al suelo, recuerda que hace diez años cada sembrador de coca podía hacerse hasta 40 millones de pesos en dos meses, vendiéndola a las guerrillas o a las AUC, que por entonces delinquían allí.

Pero dice que hace al menos ocho años no ve una hoja de coca. Y Pablo, el abuelo con cuerpo de atleta, jura que ni siquiera entraría a un cultivo. Esos días de ser ‘raspachines’ al servicio de los ilegales son anécdotas tan superadas que hoy parecen recuerdos de travesuras juveniles.

“ESTAS NO SON LAS MANOS DE UN ‘NARCO’, SON LAS MANOS DE ALGUIEN QUE SOLO SABE SEMBRAR PERO LO ÚNICO QUE SE PODÍA SEMBRAR ERA COCA, ERA LA ÚNICA MANERA DE GANARSE LA VIDA”

Para llegar a la finca de Pablo hay que cruzar el río Cauca en una pequeña embarcación que navega un hombre que mide un poco menos de un metro y medio. Usa un sombrero enorme que le cubre toda la cabeza y habla apenas para cobrar los $2.000 que vale cada trayecto.

Luego hay que subir una empinada montaña que no tiene caminos. Hay que caminar durante diez minutos entre arboledas y bichos. Pablo recuerda que había semanas enteras en las que no podía siquiera bajar al río. Con el Frente 58 de las Farc oculto entre los árboles en la cima y el Ejército acampando junto al caudal, no había modo de moverse sin convertirse en un blanco de las balas. Cualquiera podía morir víctima de una bala perdida, de un tatuco.

Cada noche el sonido de las balas reemplazaba al de los grillos.

“La guerrilla hostigaba a los soldados. Disparaban a lo que fuera y en la mitad estábamos mi esposa, mis hijos y yo, todos debajo de las camas, rezando y pidiendo que nada nos pasara. Esa era nuestra vida. Estábamos acostumbrados, no conocíamos nada distinto”, recuerda Pablo sin asomo de nostalgia.

Pero el terror no solo eran las balas. Como una manera de enfrentar la erradicación manual de cultivos ilícitos, la guerrilla sembró la zona con minas antipersona. Los campesinos, habitantes del paraíso, estaban atrapados en sus propias casas, presos del miedo de salir y terminar deshechos por los explosivos. Muertos o mutilados.

Y aunque Pablo había aprendido a vivir con las ráfagas de fusil y sabía pisar con cautela, un día supo que no podía vivir más así.

Una tarde estaba en su cultivo de coca, que queda a unos 20 metros de la casa en la que vive solo con su esposa ahora que sus hijos tienen sus propias familias, cuando escuchó que lo llamaban por su apellido. Eran funcionarios de la Fiscalía y varios soldados que habían llegado hasta su finca para adelantar un operativo contra cultivos ilícitos.

Cuenta que pasó doce horas tratando de demostrar que él solo se dedicaba a sembrar y que no producía drogas. Lo amenazaron con cárcel y con quemar parte de sus tierras. Lo amenazaron con expropiaciones. Le dijeron guerrillero.

Eso fue suficiente para decidir cambiar su camino. Varios campesinos de la región habían decidido que más allá del dinero, lo que querían ganar era tranquilidad. La creación de nuevas fuerzas especiales de las autoridades para enfrentar el narcotráfico, así como el avance en los procesos de erradicación manual y las fumigaciones con glifosato significaron una oportunidad única de salir de la ilegalidad.

Al tiempo que se iban reduciendo las hectáreas sembradas con coca, empezaron a crecer las hectáreas sembradas con cacao. Nadie persigue el cacao, nadie ha creado un imperio criminal alrededor de su producción.

Algunos pocos campesinos decidieron que, después de todo, menos era más. Optaron por perder dinero, pero ganar paz y tranquilidad.

Líderes comunitarios como Germán Sánchez significaron el impulso necesario gracias a una filosofía simple: la unión hace la fuerza.

Germán, vecino de Pablo, convenció en el 2004 a 54 sembradores de coca de dar una vuelta a la tuerca. Juntos lograron un préstamo de 400 millones con el banco Agrario de Colombia para cultivar cacao en sus tierras y olvidar la coca y el terror que trae con ella.

“LA GUERRILLA HOSTIGABA A LOS SOLDADOS. DISPARABAN A LO QUE FUERA Y EN LA MITAD ESTÁBAMOS MI ESPOSA, MIS HIJOS Y YO, TODOS DEBAJO DE LAS CAMAS, REZANDO Y PIDIENDO QUE NADA NOS PASARA. ESA ERA NUESTRA VIDA. ESTÁBAMOS ACOSTUMBRADOS, NO CONOCÍAMOS NADA DISTINTO”

Pronto habían conformado de manera legal la Asociación de Cacaoteros de Valdivia (Asocaval) a través de la cual se prestaba asesoría, acompañamiento en la manera de cuidar los nuevos sembrados y técnicas agrícolas.

Andrés, un hombre de 29 años que hace parte de Asocaval, recuerda que Germán estuvo a punto de perder su matrimonio por dedicarse tanto a los campesinos y el cacao.

“No iba a la casa. Se la pasaba en los cultivos, asesorando gente, estudiando, reuniéndose con gente que podía ayudar, buscando plata, tratando de convencer a otros campesinos de que se unieran a la causa”, cuenta Andrés, quien ahora está tan dedicado a la agricultura autosostenible que construyó un cambuche junto al cacao sembrado para poder trabajar en su cultivo.

Andrés también se dedicaba a la coca. Ganaba 40 millones cada dos meses cuando sacaba bultos de coca de su patio trasero. Tenía una vida fácil, libre de deudas. Pero tenía que esconderse cada que escuchaba una sirena. Varias veces tuvo que saltar de su moto y esconderse en el monte porque estaba cargado con coca.

Entonces hace cuentas y dice que, después de todo, no valía la pena. Cuenta que por cada kilo de coca cultivado debían pagar 200.000 pesos de impuesto a las Farc, además de tener que dar sueldo a trabajadores que se encargaban del cuidado del cultivo, de la seguridad y de la extracción de la hoja de coca. Y estaban los ‘paras’. Y el EPL.

“Además, la gente se volvía loca con la plata en la mano. Recibían el pago y se iban a beber. No había un plan de inversión, era plata de bolsillo”, cuenta Andrés, quien recuerda los accidentes en las carreteras por conductores borrachos o las peleas que terminaban con machetazos y hasta disparos.

Andrés mira a su hijo, un niño de 5 años que lo sigue a todos lados. “Yo no quiero que él crezca como cocalero. Yo no quiero que reciba plata y se la dé a la guerrilla o a los paras. Yo no quiero que vea un soldado y tenga que esconderse, quiero que vea un soldado y lo salude y le cuente cómo va el cacao”.

Aunque las ganancias que deja sembrar cacao no se pueden equiparar con las de sembrar coca, Andrés dice que ganó en paz y tranquilidad. Mientras una sola hectárea de coca, trabajada durante un año podría dejar 200 millones, una de cacao tiene tiempos largos, lentos. Hay que esperar tres años a que crezca y luego, cada mes deja unos cinco millones. Pero Andrés no mide su éxito en pesos.

“La guerrilla no cobra impuesto por el cacao que sembramos. Nos han dejado en paz porque saben que estamos trabajando unidos y que esto es para nuestro beneficio”.

En los 11 años que lleva vivo el proyecto de cambiar coca por cacao en zona rural de Antioquia, 1.300 familias han dado el paso hacia el cambio. Hoy, con la ayuda de cooperación internacional, encausada a través de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID) y el proyecto Colombia Responde, están produciendo y comercializando más de 55 toneladas anuales de cacao en toda Colombia.

Gracias al éxito de los primeros cultivos, otros grupos de agremiados nacieron en la región. Ahora se suman seis organizaciones distintas de cacaoteros en áreas como Valdivia, Caucasia y Tarazá. Después de once años, todas estas entidades se unieron para competir contra la coca en el aspecto que quedaba pendiente: la exportación.

Fermín, Pablo, Andrés, todos campesinos antioqueños, están reunidos en una casa en la que caben dos carros. Huele a chocolate porque está llena de bultos de cacao que ellos mismos cultivaron durante los últimos años.

Ese cacao que nació en la tierra que ensucia las manos de Pablo, que paga el estudio del pequeño hijo de Andrés y que está en esos bultos, dentro de esa casa, fue enviado horas después a España. Por primera vez en décadas, los campesinos de esa zona mandaron un cargamento al exterior que nada tiene que ver con la ilegalidad.

En total, 12,5 toneladas de cacao fueron enviadas a Valencia (en España). “No puedo creer que algo que yo sembré y cuidé ahora se vaya del país. Esto es un sueño”, dice Fermín, el paisa delgado, viendo al suelo, hablando rápido.

En sus manos agarra un puñado de cacao y, levantando la mirada por primera vez, añade despacio: “esto, aquí, ahora, esto para mí, es paz”.

“No puedo creer que algo que yo sembré y cuidé ahora se vaya del país. Esto es un sueño”

Fuente: http://www.noticiasrcn.com/especialesrcn/cacao/

 


Precio del cacao

El precio semanal de referencia para la compra de Cacao en la semana del 22 Febrero del 2016 es de $8.280.00/kilo

Indicadores Económicos

Organizacion internacional del cacao

fair trade

 

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